La desobediencia civil por Henry David Thoreau

21 de abril de 2003

250px-Henry_David_ThoreauLa desobediencia civil

por Henry David Thoreau
H. D. Thoreau (1817-1862) demostró con sus obras cómo el libertarianismo y el individualismo pueden aplicarse efectivamente en la vida de una persona. Reconocido como uno de los autores, filósofos y naturalistas estadounidenses más influyentes, optó por ir a la carcel antes que pagar un impuesto que apoyara la guerra de Estados Unidos contra México. Escribió varios libros y ensayos, entre los que destacan “Walden, or Life in the Woods”; (1854) y “A Week on the Concord and Merrimack Rivers”; (1849). Lo que aquí presentamos son los párrafos seminales de su famoso ensayo “Civil Disobedience” (1849).

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Asumo el lema “el mejor gobierno es el que menos gobierna” y deseo verlo en acción. Viene a ser lo mismo que “el mejor Estado sería aquel donde no se gobierna en absoluto, y, cuando los hombres estén preparados, ése será el Estado que tendrán.”

(…) Debemos ser primero hombres y después súbditos. Las masas sirven al Estado como máquinas, con sus cuerpos. En eso consisten el ejército, los funcionarios, los ayudantes del alguacil, etc. No tienen libre ejercicio del juicio ni del sentido común, sino que actúan como la madera, la tierra, las piedras, y quizá fabriquemos algún día hombres de madera que sirvan igual ese propósito. Tales hombres no merecen más respeto que una pila de estiércol, pero generalmente son considerados buenos ciudadanos. Los héroes, los patriotas y los reformadores actúan con su conciencia, por lo que se suelen oponer al Estado y éste les trata como enemigos. ¿Cómo debemos comportarnos con este Estado norteamericano de hoy? No podemos asociarnos con él sin deshonra. No puedo reconocer como mi Estado a esa organización que permite la esclavitud (…) Cuando la sexta parte de la nación son esclavos, y el ejército invade y conquista injustamente todo un país (México) sometiéndolo a la ley marcial, no es demasiado pronto para que los hombres honestos se rebelen y subleven. Que el país invadido no sea el nuestro, sino que nuestro sea el ejército invasor, hace más urgente este deber.

Existen leyes injustas. ¿Nos contentaremos con obedecerlas? ¿Nos esforzaremos en enmendarlas, obedeciéndolas mientras tanto? ¿O las transgredimos de una vez? Si la injusticia requiere de tu colaboración, rompe la ley. Sé una contra fricción para detener la máquina (…) Bajo un Estado que encarcela injustamente, el lugar del hombre justo es también la cárcel. Hoy el único lugar que el gobierno ha provisto para sus espíritus más libres está en sus prisiones, para encerrarlos y separarlos del Estado, tal y como ellos mismos ya se han separado de él por principios. Allí se encontrarán el esclavo fugitivo, el prisionero mexicano y el indio. Es la única casa en la que se puede permanecer con honor.

No pagar impuestos sería menos sangriento que pagarlos, capacitando al Estado para derramar sangre inocente. Si niego la autoridad al Estado cuando me exige sus impuestos, tomará y arrasará mi propiedad, y nos acosará sin tregua a mí y a mis hijos. Es duro, pero me cuesta menos el castigo que llegar a obedecer. Me sentiría de mucho menos valor. El Estado no tiene mayor honestidad o juicio, sino fuerza bruta. Y yo no nací para ser forzado. Respiraré a mi manera. Veamos quién es más fuerte. Cuando el Estado me dice “la bolsa o la vida”, ¿por qué debo apresurarme a pagar? Deseo simplemente negarle mi lealtad y vivir lejos de él. De hecho, le declaro tranquilamente la guerra al Estado, a mi manera.

La autoridad del Estado debe tener el consentimiento de cada gobernado. No tiene más derechos sobre mi persona y propiedad que los que yo le conceda. No habrá una nación realmente libre hasta que el Estado reconozca al individuo como ente superior del que deriva toda su autoridad, y le trate en consecuencia.

Este ensayo fue tomado del sitio de Movimiento Libertario, en Costa Rica.

http://www.elcato.org/node/1407

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